miércoles, 4 de julio de 2007

Mujeres en reunión

Ese laburo implicaba una serie de reuniones periódicas. Había una cantidad importante de cosas a discutir, pero lo llevábamos bien. Para zafar de la oficina, nos juntábamos en un café despoblado. Éramos seis personas, incluido nuestro jefe: tomábamos café y punteábamos rápidamente las cuestiones, haciendo chistes, pero decididos a terminar.

Después de unos meses sumamos al grupo a un par de chicas del equipo subalterno, "para que haya más comunicación" entre el grupo y el resto. No eran llamativas; había otras de las que sí hablábamos a veces, imaginándolas en ciertas posiciones. Pero esas charlas ya no volverían, porque antes éramos todos varones.

Eso no fue lo único que cambió. Enseguida la mesa se volvió más alambicada, se tardaba bastante más en resolver; también se hizo más ruidosa. Las sesiones se alargaron y pronto se convirtieron en almuerzos: el lugar lo eligieron ellas, uno de esos restoranes étnicos. Además de cara, la comida era muy picante, pero nadie se rebeló. Lo que antes se hacía en hora y media ahora tomaba media tarde; había largos prolegómenos antes de entrar en tema; se charlaban asuntos personales.

Lo gracioso era que ellas no intentaban distraernos. Hablaban poco, tomaban notas y miraban a cada hablante con atención. No, el problema éramos nosotros. Nos esforzábamos por ser graciosos y ocurrentes, y no tardamos en chicanearnos entre nosotros. (Yo trataba de no hacerlo, pero el clima te arrastra.) Curiosamente, los más empeñosos eran los dos casados de la mesa. Las chicas aprobaban con sonrisas discretas, y a la salida hablaban entre ellas. Llegué a odiar esas reuniones.

Ahora hace un tiempo que trabajo en otra cosa. Ayer la vi a una de ellas en un evento. Sin su compañera parecía más pequeña, encogida quizás por estar fuera de su ámbito. Charlaba con un chico de su edad; por la postura de él adiviné que no era su novio. Yo estaba un poco lejos y la fuerza de la costumbre me llevó a agitar la mano a modo de saludo. En ese momento, ella sonrió. Puede haber sido casualidad.

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