sábado, 25 de agosto de 2007

El derecho de fifar

Ayer me encontré con Daniel, un amigo que no veía hacía muchos años. Tomamos unas birras mientras nos poníamos al día; no faltaron los comentarios sobre antiguas compañeras de facultad que habíamos dejado de ver. Así me enteré que Cora, la chica por la que Daniel siempre había tenido flojera pero que se había casado muy joven, se había separado unos años después y mi amigo había podido concretar su fantasía. La cosa duró pocos meses y terminó bastante mal, pero por lo menos no le quedó el entripado como a tantos.

En esos días de la facultad vivíamos rodeados de mujeres, con las que estudiábamos, charlábamos en los pasillos o íbamos a fiestas. Indefectiblemente, uno perseguía a la que le gustaba -y con la que generalmente no pasaba nada- y se hacía amigo de las otras, las menos agraciadas o feas. Cuando sabíamos que Ella no estaba disponible, siempre estaba la fea -pero macanuda- dispuesta a cebarnos mate, ir al cine o charlar. Pero con el tiempo las feas fueron desapareciendo; algunas se casaron y dejaron de llamar, otras simplemente se retiraron, alguna incluso parecía ofendida aunque no nos decía por qué. Con el tiempo, al dolobu le cayó la ficha: las feas nos ponían la oreja y nos cebaban mate porque, en el fondo, ellas también nos querían fifar.

Entiéndase: no digo que alguna de estas niñas vivía un estado de enamoramiento que la hacía consentirnos sin pedir nada a cambio... sino que TODAS abrían oportunidades, situaciones en las que por ahí se nos podía ocurrir meterles mano. Si lo hacíamos, por lo menos, dependería de su humor del momento agarrar viaje o rechazarnos con un gesto de fastidio. En cualquier caso sabrían que, al menos una vez, las habíamos deseado.

Pero claro, uno estaba pendiente de la otra que nos tenía cagando y era linda. Y nos creíamos generosos dándole charla a las feas, sin darnos cuenta de que cada vez que nos íbamos de sus casas sin manotearlas, las ofendíamos.

Por eso ayer brindamos por las feas, por su ignorado y legítimo derecho a fifar. Y nos dijimos al unísono: ¡qué par de pelotudos!

3 comentarios:

La Pebeta dijo...

Jajaja... muy bueno! No es de caballeros dejar a una dama sin complacerla, diría don Juan.

O sin no, doña Rosa de Barracas: "siempre hay un roto para un descosido".

Un abrazo!

Soltero Empedernido dijo...

igualmente, pebeta! (jeje)

sapaflor dijo...

Ojo que talvez no veas más a las feas porque con los años las feas envejecen mejor y pasan a tu lado pero se ven bastante buenas.Aparte,tambien con los años,tus pretenciones bajaron un montón.Así que llamá a tu amigo y volvé a brindar por las feas!...será una de ellas?jejerejeje