lunes, 6 de agosto de 2007

Ellos sacaban a pasear al perro

¿Por qué se compró un perro? Algunas veces pensaba que para no estar solo; otras, que para tener alguna obligación cotidiana que hiciera más variada su rutina. Sólo el hecho de tener que sacarlo a la calle todas las mañanas -antes de ir a trabajar-, y por las noches -antes de tumbarse frente al televisor- le pareció bueno. De esta manera paseaba él también, combatiendo así su tendencia a encerrarse en casa.

Durante los primeros tiempos contempló, entre la indiferencia y el disgusto, los destrozos que el cachorro iba haciendo en el sofá, en las patas de la mesa, en el parqué. Intentó educarlo, pero no sabía cómo y le daba pereza comprar uno de esos manuales de adiestramiento, pues calculó que el tiempo que tardaría en leerlo y en ponerlo en práctica lo podía dedicar a estudiar inglés, que le hacía más falta. De todos modos, no hizo ni una cosa ni otra. En cualquier caso, alcanzado cierto nivel de destrozo doméstico, el perro dejó de morder las patas de las sillas y de destripar cojines, como si poseyera un sentido de la decoración que ya hubiera sido colmado.

Encontró placer en sacarlo a pasear porque eso le hizo entrar en contacto con otras personas que también paseaban perros. Advirtió así que había más gente como él, gente rara que vivía sola o mal acompañada y que gracias al perro encontraba un grupo al que pertenecer. El tema de conversación era siempre el animal: lo que comía o dejaba de comer, el modo de mostrar su afecto, el lugar elegido para dormir, etcétera. Así, poco a poco, fue ingresando en una comunidad de intereses que le devolvió el gusto por el trato social. Es cierto que en un momento dado pensó que había cometido un error, pues si en lugar de comprarse un perro hubiera adquirido una colección de sellos, también habría entrado en contacto con un grupo de gente, sólo que en vez de hablar de animales, mantendría discusiones filatélicas. Los sellos, además, tenían la ventaja de revalorizarse y no comer.

Pero estas dudas se atenuaron cuando conoció a una mujer que también sacaba al perro a primera hora de la mañana, como él. Era una mujer sola, madura, algo cansada, pero poseía un atractivo misterioso que le sedujo casi de inmediato. Mientras los perros jugueteaban por el descampado al que solían acudir, ellos hablaban de cuestiones neutras y los sentimientos hacían lo suyo en el interior de la conciencia. Algunas veces, él intentaba desviar la conversación hacia temas más personales, pero ella -tras intercambiar una mirada con su perro- volvía a las cosas de siempre. Daba la impresión de estar sometida constantemente a una vigilancia secreta, y era ese aire de misterio lo que la hacía aún más deseable.

En cuanto a él, había aprendido, gracias a esas conversaciones, que los perros, como las personas, necesitaban una alimentación equilibrada. Dejó, pues, de comprar latas de conserva y empezó a cocinar arroz con carne, que era el plato preferido de su animal. De este modo, el perro empezó a evolucionar favorablemente, notándose los desvelos de su sueño en la belleza de su pelo y en su vitalidad creciente. Empezó a vivir para él. Le compraba los mejores champús, vitaminas que fortalecían sus uñas, botellas de agua clorada que prevenían las caries y un collar que fue la envidia de los otros perros. Sin embargo, las relaciones entre el animal y él no mejoraban o tomaban un rumbo difícil de expresar. Cuanto más le cuidaba, más cuidados demandaba el perro, como si sus ambiciones de calidad de vida carecieran de límites. Así, si un día el arroz no tenía el punto adecuado, se negaba a comer, produciendo un movimiento de culpa en el ánimo de su dueño, que en estas ocasiones pensaba con nostalgia en la colección de sellos. No obstante, si se sentía observado por el animal, cambiaba inmediatamente de pensamiento, pues a veces tenía la impresión de que el perro "oía" lo que él imaginaba y le castigaba más tarde por ello de un modo u otro. Observó que el perro tenía, como las personas, capacidad de almacenar rencor. Así, si un día llegaba a casa más tarde de lo habitual, el animal, en lugar de recibirlo en la puerta, se escondía debajo de la cama y permanecía allí un día entero negándose a salir a la calle y a comer.

Entre tanto, su amor por la mujer madura fue creciendo y de vez en cuando la tomaba del brazo o acercaba su rostro al suyo para decirle alguna confidencia. En estas ocasiones, el perro de ella se colocaba frente a la pareja mirándolos con una carga de rencor o con un signo de advertencia que les impedía relacionarse libremente. Cuanto más progresaba la relación entre ellos, más vigilados se sentían por el animal, que ya no correteaba por el descampado, como antes, sino que permanecía junto a su dueña como para controlar sus conversaciones y sus gestos.

Él empezó a desesperar y un día, en voz baja, para que el perro no lo escuchase, le propuso que se vieran una tarde cualquiera ellos dos solos.

-No puedo -respondió ella con resignación.

-¿Por qué?

-Si lo dejo mucho tiempo solo en casa, me lo destroza todo y aúlla sin parar. Luego los vecinos protestan.

Él se calló porque el perro de ella había empezado a mirarle, y decidió plantear la cuestión en otro momento. Por ahora, se conformaba con verla todas las mañanas, aunque fuera en presencia de los animales.

Sin embargo, al día siguiente la mujer no acudió a la cita habitual. Cuando él empezaba a inquietarse, vio venir al perro de ella, pero venía solo, con su mejor collar y una mirada de ya te lo advertí que le produjo escalofríos. Los animales jugaron un rato, hicieron sus necesidades y a la hora de todos los días el perro de ella se marchó por donde había venido.

Él inició también el camino de regreso con su perro al lado. Al entrar en el piso se miraron y en la fracción de un segundo él comprendió que no eran ellos los que sacaban a pasear a los perros, sino los perros los que les sacaban a pasear a ellos. Un espasmo de terror recorrió su médula porque oscuramente intuyó que ya estaba atrapado: se notaba en la mirada del animal, en su seguridad, en el gruñido con que le exigió que le pusiera la comida. Ni siquiera se atrevió a pensar que habría sido mejor una colección de sellos por miedo a ser castigado sin salir a la calle, como ella.

Del libro de Juan José Millás, Ella imagina (Alfaguara, Madrid 1994).


2 comentarios:

Anónimo dijo...

ahora entiendo todo! Maldito Fido!

Anónimo dijo...

Uf.....me habia hecho la pelicula de que el perro se la habia morfado. Guille