viernes, 3 de octubre de 2008

La fiesta de los culos famosos


La cosa fue así: un buen amigo mío trabaja en una de esas revistas para hombres que todos conocemos. De las que periódicamente pueblan el kiosco con chicas de la farándula en cuatro patas. Mi amigo me invita a una fiesta de la revista en un boliche de Palermo. Le digo que sí. El boliche, me cuenta en el taxi, se está haciendo conocido por la proliferación de futbolistas y chicas "botineras". Hace un repaso de algunos nombres muy conocidos que estarán esa noche; suponemos que algunas de las chichis deben ser habitués del lugar.
Si bien hemos charlado muchas veces de su laburo y tengo claro que buena parte de la mercadería y las historias que se tejen en su torno son puro humo, no puedo evitar cierta expectativa adolescente por ver de cerca a algunos cuerpos de la tele. Experiencia que ya he tenido en el pasado, casi siempre decepcionante, en los tiempos de las "top models", cuando las chicas más populares eran modelos de pasarela y no bailarinas de caño. De hecho no reconozco algunos de los nombres que mi amigo tira para impresionarme. Por otro lado, hay varias rubias que se me confunden; les pasa a varios.
Llegamos al cheboli, todo de punta en blanco; mi amigo repasa los detalles del evento con el organizador del lugar, un morocho de look simeonesco. Todo el mundo se esfuerza en lucir profesional. Somos los primeros: al rato empiezan a caer, primero gente de la revista, luego modelos desconocidas que lucirán atuendos publicitarios, y más tarde asomarán los famosos. Como preveíamos, el VIP empieza a resultar chico, sobre todo porque al lado hay un gran espacio ocupado por gente que parece ser de alguna asociación de boxeo, y que para colmo está comiendo una opípara cena. Abajo, por supuesto, no hay casi nadie; alguna vez estos bolicheros aprenderán a montar locales con salones pequeñísimos y VIPs del tamaño de un estadio, que sería lo más acorde ya que todos quieren ir arriba a sentirse VIP por un rato.
Mi amigo se va a hacer sociales y por un rato tengo miedo de aburrirme, no estoy en mi ambiente. Pero pronto el lugar está repleto y paso desapercibido: empiezo a divertirme con el espectáculo de la gente a mi alrededor. Hay un Johnny Allon con novia adolescente que se saca fotos sacando culo delante del afiche de la revista, como si fuera una de sus modelos. Hay muchos pibes solos o en grupos cogoteando para ver quién llegó. Algunas chicas de la revista que miran divertidas el despliegue hormonal. De pronto me encuentro hablando con una señorita de esas que recuerdan a Gardel, "yo sé que vendrán caras extrañas", porque es evidente que algo en la suya no es natural y le queda muy mal. La chica resulta ser bailarina de Susana y me habla, increíblemente, sobre el compromiso moral de los periodistas o algo así.
Ella me habla de su periodista preferido y yo trato de explicarle que periodistas los hay caros y baratos, pero que precio tenemos todos. Que los periodistas tienen jefes, los jefes gerentes y éstos anunciantes. Noto que por dedicarme a la bailarina me perdí la llegada de las chicas VIP, que se adivinan detrás de un tumulto de espaldas y camarógrafos.
-Porque por ejemplo -me dice ella, que nota cómo me distraigo- el otro día al programa fue la vicejefa de gobierno de Macri y yo no la soporto, entonces nosotros tenemos que aplaudir a los invitados pero yo aplaudí así -me muestra cómo movió apenas las manos y me mira muy satisfecha.
Mientras tanto, ha comenzado un minishow de Willy Polvorón, el trovador de Los Polvorines autor de himnos ocultos como "Ando sin un mango" o "Empanadas y chorizos". Willy es un caradura: canta encima de su propio disco, con voz grabada y todo. Su morochez y la ristra de morcillas que llevaba colgada del cuello hizo que el falso Simeone le preguntara a mi amigo "¿vos querés que él suba al escenario? ¿Estás seguro?" Y mi amigo le dijo que sí, y fue como si un chorro de grasa caliente cayera de la bola de espejos.
La verdad que la gente no entendía mucho qué pasaba, abajo había otro contingente cenando (esto de la disco con mesas y mozos me hace acordar a las películas de Olmedo y Porcel) y se notaba que no lo conocían a Willy, no sabían si era una joda, algunos se reían. Sobre el final una mina con sombrero de cowboy se subió al escenario y bailó un poco con él, como haciéndole la gamba. La mina tenía pinta de gata rubia teñida Ski Ranch, para Willy debe haber sido algo así como la culminación de su carrera.
En el VIP no le daban bola al "show", estaban todos muy ocupados en fingir que no estaban desesperados por ver a las modelos cuando se levantaban de los sofás. Una que nunca se levantó fue Claudia Albertario, que de lejos se veía muy bonita, tenía algo brilloso y esos ojitos como almendrados. Mi amigo no la había nombrado, capaz que es habitué. Otra que acaparaba miradas era Dallys, la paraguaya más famosa desde Chilavert y que tiene un lomazo. Y Belén Lavallén, cuyo nombre conozco desde que Guinzburg le pintó una bandera argentina en el ojete. Que es como un baúl, todo el físico de esta chica es gigante, monumental.
Después de un rato me di cuenta de cuáles eran las famosas que no conocía, había como un look afín a todas. La mini cortísima, los tacos altos, el look llamativo, el bolso al hombro (se cambiaban para un minidesfile en homenaje a la revista) y el aire despectivo de la mayoría, jugaban a ser divas de ese corralito donde estábamos parados. La gran excepción era la simpática novia de Bombita Rodríguez, que parecía una chica más, muy mona pero sin llamar la atención. Un toque de normalidad entre tanta histeria.
Algunos tragos y porciones pizza al paso más tarde, los varones se apiñaron súbitamente de la baranda que balconeaba sobre el escenario de abajo (bué, el escenario era casi dos mesas ratonas con una escalerita). Había empezado el desfile y los muchachos, ya medio alcoholizados, habían abandonado el simulacro. La bailarina de Susana, sentada sobre una mesa, los miraba con desprecio y yo, que también quería asomarme, vacilaba ante su presencia vigilante. Finalmente me acerqué a un hueco en la masa humana y pispié unas tetas pintadas que se balanceaban dentro del mínimo espacio que tenían las chicas para desfilar. Todas juntas parecía que no iban a entrar. La cosa duró cinco minutos. Sobre el final hizo su entrada triunfal María Eugenia Ritó, que había insistido en "cerrar" el evento sola, una disputa de cartel digna del Pepsi Music. Sacó una espada, hizo unos mohínes y 30 segundos después había desaparecido. Pequeña, pero lindo culo tiene.
El espectáculo había terminado y lo mejor era irse antes que los cada vez más y más jóvenes habitantes del VIP se descontrolaran por completo. Mientras buscaba la salida me crucé a Nino Dolce, el trompeador de paredes de Gran Hermano famosos, que iba diciéndole a alguien que iba con él: "¿viste que es igual?" Al toque me sonó el celular: era mi amigo que se rajaba, al otro día tenía que madrugar para llevar a su hija al colegio. En el taxi de vuelta comparamos impresiones. La vida de alguna gente es menos glamorosa de lo que parece.

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