lunes, 6 de septiembre de 2010

Orgullo y prejuicio


Hace unos años tuve el honor de hablar en una universidad norteamericana, justo después de Rigoberta Menchú. La dirigente guatemalteca dedicó íntegramente la hora que le habían asignado para tronar contra las mujeres blancas latinoamericanas de clase media, incapaces de solidaridad para con sus hermanas indígenas. Cuando me llegó el turno de empezar mi discursito, no tuve más remedio que presentarme como una mujer blanca latinoamericana de clase media, cosa que hizo reír no sólo a los estudiantes, sino también a Rigoberta. Con todo, aún me llevó un tiempito darme cuenta de que la clase media, femenina o no, se define justamente por eso, su falta de solidaridad. Es una clase que en la Argentina se podría caracterizar a partir de dos rasgos prominentes, la infidelidad a sus orígenes sociales y el entrañable apego a sus orígenes étnicos.

El detonador que me permitió llegar a esta obvia comprobación fue la guerra de la soja, desencadenada cuando el gobierno argentino intentó aplicar las retenciones. Si Rigoberta hubiera visto las fotografías de nuestras porteñas medio pelo, uniformemente teñidas de rubio y con la escarapela y el sombrero de gaucho en defensa del “campo”, se habría reafirmado en su idea: la solidaridad de esas blancas de clase media no se dirigía para nada a sus hermanas del Norte, echadas de sus campitos por el avance de la planta asesina, no. Era una solidaridad soñada, imaginaria y fantasmal para con los grandes propietarios de una tierra que ellas mismas, con suerte, habían visto desde el tren, pero que formaba parte de sus más fervientes deseos.

Entre las fantasías de esa batalla cerealera figuraba, por supuesto, la pampa gringa. Envueltos en los colores patrios y sacando panza virilmente ante la adversidad, los bien alimentados revolucionarios, calcados en el modelo De Angeli, el de chacarero buenazo y campechano, se subían al tractor para defender, heroicos, a sus hermanos estancieros. La oleada patriótica iba acompañada por una fuerte presencia física que Rigoberta, de haber visto las fotos, habría captado en un relámpago. Quienes enarbolaban la bandera como sumándola a sus propiedades eran los descendientes (blancos) de dos clases de argentinos: los que poseen dichas propiedades porque sus antepasados las obtuvieron a fuerza de oreja (de indio), y los que las poseen porque el gringo, en efecto, llegó con el monito al hombro y trabajó duro. Hermosa historia, esta última, que lo sería aún más si quienes descienden de la nave no se aliaran con quienes descienden de la matanza, alianza contranatura que quizás al abuelo laburante le hubiera hecho poca gracia.


Volviendo a los cacerolazos pro-soja, esa presencia corporal fuertemente acentuada contenía un mensaje muy claro: todo gobierno y formación política que, mal o bien, defiendan a quienes no descienden del barco sino del indio que logró conservar su oreja, serán objeto de un odio cuya ferocidad e irracionalidad nos dejarán perplejos, mientras no hayamos determinado dónde están su cogollo, su núcleo o su corazón. ¿Dónde? Por si no se ha entendido, en el tono de piel.
Haber alcanzado una edad provecta me permite recordar el momento en que la clase media de Buenos Aires descubrió la verdad: nos habían engañado vilmente, no éramos el Canadá. La escena transcurre en Plaza Italia, alrededor de 1950.
Cinco años antes, el aluvión zoológico ha invadido Buenos Aires para elevar a Perón a un rango que a él mismo lo aterra un poco. Y este domingo memorable, ese mismo aluvión picniquea tranquilamente sobre el pastito, bajo la estatua de Garibaldi, mientras mis tías, a las que podría caracterizar como de clase media con veleidades (¿pero acaso hay clase media que no las tenga?), se sorprenden del espectáculo. De no creer: una punta de tapes peloduro, con jopo engominado y anteojos de sol (primera compra indispensable al pisar la Capital), y de chinas con las piernas sembradas de picaduras violetas, aceptadas, vaye y pase, como mucamas, frente a la escasez de gallegas que han ido pelechando, pero inadmisibles arriba de ese pasto sagrado. A partir de aquel día, no hubo conversación familiar que no girara alrededor de dos temas: los errores de lenguaje de Evita que decía caiga quien caiga y no quien cayere, y los cabecitas que nos agreden con su presencia en pleno asfalto. Sesenta años después, ni mi vecino gallego ni los múltiples choferes de taxi a los que todavía, sacrificadamente, presto oídos, se asombran de ver negros, pero afirman que a las negras hay que juntarles las trompas para que no sigan pariendo así.


Vivo desde hace más de treinta años en un pais xenófobo, Francia, donde la clase media aprueba a Sarkozy porque carga a los malianos en vuelos charter rumbo a Mali y expulsa a los gitanos rumbo a su no país. Como nación reciente que somos, nosotros nos hemos inventado una variante, la autoxenofobia o fobia al autóctono. El aludido chiste de clase media, ese del argentino que desciende del barco, expulsa de nuestra historia al habitante original, a falta de poder expulsarlo de veras (a menos que se considere la sojización del territorio como una nueva Campaña del Desierto). En eso somos coherentes: nuestro país empezó desembarazándose de sus habitantes bronceados, como diría Berlusconi, y abriendo los brazos a la inmigración carapálida. En la base de nuestra creación está el racismo.

Tras haber cargado las tintas, conviene matizar: la clase media argentina, nacida de ese llamamiento racista, oculta un miedo y una angustia que le confieren interesantes posibilidades. Se acuerda de la miseria pasada, porque el abuelo se lo ha contado, y teme la miseria por venir. Aun a riesgo de reiterar el sonsonete, es una clase económica y culturalmente productiva. De la clase alta, superficial, tilinga y egoísta, hay poco que esperar: nunca ha temido nada, nunca se ha angustiado por nada, posee lo suyo como por derecho divino y seguirá manejando gobiernos para evitar el mínimo peligro de reforma agraria. La clase baja o el pueblo son indiscutiblemente lo mejor que tenemos en la Argentina, como decía el General, pero habrá que esperar a que consiga ser escuchada. Dentro de ese panorama, el presente sigue siendo de clase media, incluyendo dentro de esa categoría a los desclasados que son su flor y nata porque, en el camino hacia la inteligencia, salirse de su clase es un paso esencial.

Este diario me ha pedido una nota sobre el comportamiento de la clase media argentina en tiempo de crisis. No es que añore ni pronostique una crisis mayor como la de 2001, pero confieso que nunca me cayó tan bien esa clase en su conjunto como aquella vez. La perspectiva de ir a parar a la Villa la volvía súbita y universalmente solidaria, lo cual confirmaba las intuiciones de los partidarios del decrecimiento, que comparto por entero: sólo una buena crisis reveladora del fin de este sistema será capaz de movilizar a los que aún ignoran los signos de la agonía.


El comportamiento lúcido y generoso, anunciador de una muerte soñada (la del capitalismo, por si de nuevo no se ha entendido), habrá durado un mes; todavía tenemos mucho Macri, mucho De Narváez, mucho facineroso por delante; y los choferes de taxi aún proclamarán sus funestas intenciones, no de matar a los negros de un saque sino de cortarlos en rebanadas. Pero el chispazo tuvo lugar, y a su recuerdo me aferro cuando la desazón ante un fascismo inconsciente de sí mismo, casi inocente a fuerza de ser visceral, me hace pensar que nunca debí presentarme a mí misma como una mujer blanca latinoamericana de clase media. Nunca, ni en broma, ni para no perderme la ocasión de hacer reír a mi admirada Rigoberta Menchú.

Nota de Alicia Dujovne Ortiz publicada en el diario Miradas al Sur.

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